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La frontera en llamas: ELN, militares corruptos y el narcoestado venezolano

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Revelaciones explosivas desde el Catatumbo confirman cómo la corrupción en las Fuerzas Armadas venezolanas alimenta el conflicto armado y refuerza el régimen de Nicolás Maduro.

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Victor Julio Escalona. Escritor, Editor, Consultor Generalista. FOTO: vierne5.com

Editorial:

La frontera entre Venezuela y Colombia se ha convertido en un polvorín de intereses oscuros, corrupción y violencia desmedida. Un informe de la revista SEMANA, basado en declaraciones del comandante Calarcá Córdoba de las Farc y un reportaje en terreno, confirma lo que ya sabíamos pero que ahora queda más claro que nunca: altos mandos militares venezolanos han sido corrompidos por el ELN, en una estrategia para afianzar el control del régimen de Nicolás Maduro sobre la región fronteriza y perpetuar su narcoestado.

Según Córdoba, durante el último año las Fuerzas Armadas venezolanas han desplegado operativos militares en el Catatumbo con el objetivo de destruir la infraestructura de las Farc. Pero esta no es una simple pugna entre grupos armados. Detrás de estas acciones hay una intención evidente del régimen de Maduro: asegurar la hegemonía del ELN en la frontera, consolidar su retaguardia y sofocar cualquier amenaza que pueda desestabilizar su control dictatorial.

Lo revelado por SEMANA es aterrador. Los intereses de las autoridades venezolanas van más allá de una política de seguridad interna; apuntan a dominar la región fronteriza mediante alianzas con grupos criminales como el ELN, que actúan como extensiones del régimen chavista, operando con total impunidad gracias a la complicidad de oficiales militares que han sucumbido ante el soborno y la corrupción.

El precio de la corrupción

La implicación de altos mandos militares venezolanos con el ELN no solo perpetúa el conflicto armado en la región, sino que además socava cualquier posibilidad de paz y estabilidad. En lugar de cumplir su rol de proteger a la ciudadanía, los militares se han convertido en piezas fundamentales de un sistema que depende de actividades ilícitas como el narcotráfico y el contrabando para financiarse.

El Catatumbo, un territorio históricamente olvidado por el Estado colombiano y ahora dominado por intereses oscuros, refleja el verdadero rostro del régimen de Maduro: un narcoestado que no solo destruye a su propio país, sino que extiende su influencia corrupta más allá de sus fronteras, convirtiéndose en una amenaza directa para toda la región.

Violencia y control territorial

La ola de violencia que se vive en el Catatumbo, y que ha cobrado innumerables vidas, no es un simple conflicto armado. Es una estrategia calculada para garantizar que el régimen venezolano tenga el control absoluto de la frontera, un espacio clave para sus operaciones criminales y su subsistencia económica. Esta estrategia no solo afecta a los habitantes de la región, sino que también pone en jaque la seguridad de Colombia y otros países vecinos.

SEMANA ha revelado cómo estas acciones no buscan combatir el narcotráfico ni garantizar la seguridad, sino reforzar un esquema de control territorial y político que garantiza la supervivencia del régimen chavista. Maduro no solo está dispuesto a utilizar la violencia contra los grupos disidentes, sino también a manipular a las mismas fuerzas que deberían garantizar el orden, convirtiéndolas en cómplices de sus crímenes.

Un llamado a la acción internacional

Esta situación no es solo un problema para Colombia o Venezuela. El narcoestado chavista representa una amenaza para toda América Latina. La complicidad entre el ELN y las Fuerzas Armadas venezolanas, avalada por la dictadura, convierte a la región fronteriza en un epicentro de violencia, corrupción y criminalidad organizada.

Es evidente que la comunidad internacional no puede seguir mirando hacia otro lado. Las pruebas están sobre la mesa: el régimen de Nicolás Maduro ha cruzado todas las líneas imaginables, y su influencia destructiva se expande cada día más. El momento de actuar es ahora.

Se necesitan sanciones más severas, mecanismos efectivos para combatir la corrupción en las fuerzas militares venezolanas y una presión diplomática sin precedentes. Las democracias del mundo tienen la responsabilidad de intervenir antes de que el narcoestado venezolano siga extendiendo sus tentáculos de violencia y desestabilización.

Conclusión

Los hechos en el Catatumbo, denunciados por Calarcá Córdoba y documentados por SEMANA, confirman lo que ya hemos señalado en este espacio editorial: Venezuela se ha convertido en un narcoestado que pone en peligro la paz y la estabilidad de toda la región. No podemos esperar a que la situación se deteriore aún más. Los gobiernos democráticos tienen que actuar con determinación para contener esta amenaza y apoyar al pueblo venezolano en su lucha por recuperar la libertad y la justicia.

El Catatumbo no es solo una frontera; es el reflejo de un régimen que ha vendido su alma al crimen y la corrupción. Y si no se detiene ahora, las consecuencias serán desastrosas para todo el hemisferio.

Vierne5. / Editorial.

Victor Julio Escalona

Editor.

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